Capítulo vigésimo octavo

Comienza la cuarta parte del Quijote. Estas cuatro partes son de extensión desigual y su estructura en partes no obedece a ninguna razón particular, ni por hilo argumental, ni por aventura o viaje.

Aquí, Dorotea cuenta ella misma los hechos en los que se ve involucrada. Esta es la tercera historia de amor que aparece introducida en la obra. 

Cuando Cardenio oye contar la historia a Dorotea se siente perturbado y el cura y el barbero se dan cuenta de esto, aunque piensan que el motivo de su perturbación no tiene nada que ver con el motivo real. 

Los hechos que cuenta Dorotea constituyen el relato complementario al que había narrado anteriormente Cardenio.

Dorotea aparece vestida de labrador lavándose los pies en un arroyo y sollozando por su triste destino.

El cura y el barbero le ruegan que les cuente lo que le pasa y de esta forma ella comienza su relato en primera persona.

Al comienzo de la historia, a través de la voz de Dorotea, Cervantes muestra algunas de las características de la sociedad de la época.

“Deste señor son vasallos mis padres, humildes en linaje, pero tan ricos, que si los bienes de su naturaleza igualaran a los de su fortuna, ni ellos tuvieran más que desea ni yo temiera verme en la desdicha en que me vio; porque quizá nace mi poca ventura de la que no tuvieron ellos en no haber nacido ilustres. Bien es verdad que no son tan bajos que puedan afrentarse de su estado, no tan altos que a mí me quiten la imaginación que tengo de que de su humildad viene mi desgracia. Ellos, en fin, son labradores, gente llana, sin mezcla de alguna raza mal sonante y como suele decirse, cristianos viejos ranciosos, pero tan ricos, que su riqueza y magnifico trato les va poco a poco adquiriendo nombre de hidalgos y aun de caballeros.” 

Dorotea habla de sus padres y de algunos elementos que en aquel momento resultaban fundamentales: el dinero, el linaje, la raza y la cuestión religiosa. Se tiene que tener en cuenta  que la limpieza de sangre, por la que se distinguían las familias de cristianos viejos sin mezcla de sangre y las familias de cristianos nuevos o conversos, que eran descendientes de judíos o de musulmanes convertidos a la fe cristiana, era, en muchas ocasiones, decisiva.

La reacción que tiene Dorotea ante la adversidad amorosa es completamente distinta a la de Cardenio o a la de Luscinda. 

Cardenio entra en desesperación y se muestra indeciso ante la adversidad. Además, deja pasar siempre las oportunidades que se le presentan. Luscinda se muestra pasiva ante la contrariedad. Pero, Dorotea va en busca del sinvergüenza de Felipe y al enterarse de la nulidad del matrimonio de este se retira a la sierra pero no con desesperanza, sino todo lo contrario. Dorotea huye para preparar su enfrentamiento con Fernando y se esconde presa de la vergüenza por la situación frente a sus padres.

Hay que reseñar el erotismo velado que encierra la escena de la aparición de Dorotea lavándose los pies. Además, la escena tiene también elementos de suspense y misterio. En un principio, sólo se oye su lamentosa voz. Después, aparece con su disfraz de labrador y finalmente, aparece la hermosura de sus pies con su fina y blanquísima piel, elemento por el que sus observadores se dan cuenta de que se trata de una mujer y no de un labrador. 

“Traía ansimesmo unos calzones y polainas de paño pardo, y en la cabeza una montera parda. Tenía las polainas levantadas hasta la mitad de la pierna, que sin duda alguna, de blanco alabastro parecía. Acabóse de lavar los hermosos pies, y luego, con un paño de tocar, que sacó debajo de la montera, se los limpió; y al querer quitársele, alzó el rostro, y tuvieron lugar los que mirándole estaban de ver una hermosura incomparable, tal, que Cardenio dijo al cura, con voz baja: 
–Ésta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina. 
El mozo se quitó la montera y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte, se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran los del sol tenerles envidia. Con esto conocieron que el que parecía labrador era mujer, y delicada, y aun la más hermosa que hasta entonces los ojos de los dos habían visto...”

Rodríguez Marín, escritor y experto en Cervantes, nacido en Osuna en 1855, afirma que Cardenio y su episodio estaban basados en un episodio real. Dorotea alude a Osuna, de donde toma el nombre la casa ducal de Osuna. Cardenio, en la obra de Cervantes, eran natural de Córdova y Osuna está a poca distancia de esta.

“–En esta Andalucía hay un lugar de quien toma título un duque, que le hace uno de los que llaman grandes en España. Éste tiene dos hijos: el mayor, heredero de su estado y, al parecer, de sus buenas costumbres, y el menor, no sé yo de qué sea heredero, sino de las traiciones de Vellido y de los embustes de Galón. Deste señor son vasallos mis padres...”

Dorotea en su discurso utiliza juegos de palabras como:

“Y como no siempre la fortuna con los trabajos da los remedios, no hallé derrumbadero ni barranco de donde despeñar y despenar al amo...”

“Apretóme más entre sus brazos, de los cuales jamás me había dejado. Y con esto, y con volverse a salir del aposento mi doncella, yo dejé de serlo y él acabó de ser traidor y fementido.”




Capítulo vigésimo noveno

El final del capítulo anterior se encadena con el principio de este, interrumpido exclusivamente por el título del capítulo. Esto favorece el dinamismo de la obra y su fluidez.

La narración de Dorotea viene a completar la de Cardenio, Luscinda y Fernándo y Dorotea. Esta novela amorosa se cuenta en siete fragmentos distintos intercalados en la narración del Quijote.

Con la historia de Dorotea comienza una nueva fase, ya no es don Quijote el que decide sus aventuras sino que las aventuras están pensadas por los otros. Como decía Unamuno aquí comienza la parte triste del Quijote. 

Además, Dorotea realiza una actuación perfecta debido a su profundo  conocimiento de los libros de caballerías. Ella había confesado al cura y a Cardenio que, algunas veces, le gustaba leer pero algún libro devoto. Ahora, revela que realmente le gustan y ha leído muchos libros de caballerías.

“A lo cual dijo Dorotea que ella había la doncella menesterosa mejor que el barbero, y más, que tenía allí vestidos con que hacerlo al natural, y que la dejasen el cargo de saber representar todo aquello que fuese menester parra llevar adelante su intento porque ella había leído muchos libros de caballerías y sabía bien el estilo que tenían las doncellas cuitadas cuando pedían sus dones a los andantes caballeros”

La historia amorosa de Dorotea, Fernando, Cardenio y Luscinda entra en este momento en relación con la historia principal de la obra, se conecta con las aventuras de don Quijote. Dorotea al hacerse pasar por una dama en apuros que pide ayuda a don Quijote pasa a ser parte de la trama principal.

En relación con el nombre que adquiere Dorotea, princesa Micomicona, podría tener un doble sentido. Primero, al pensar un nombre para Dorotea Cervantes pensó en un nombre digno de una novela de caballerías y buscó un nombre exótico. Además, Cervantes, probablemente, tuvo en cuenta que mico significa engañar y que Dorotea había sido engañada. Debido a esto, el nombre le ajusta perfectamente. 

En realidad, el nombre reitera el engaño y debería significar doblemente engañada. Esto se ajusta a un suceso posterior en la trama.

El segundo sentido del nombre podría tomarse en su sentido de mico como mono y este como símbolo de la sensualidad.

Dorotea alaba a don Quijote por su valía como caballero y el contesta con falsa modestia diciendo que la adulación ofende a sus “castas orejas” y además se siente avergonzado de tener que confesar que fue él el que liberó a los galeotes, cosa que “no osaba decir”.

En todo el fragmento Dorotea adquiere el habla caballeresca y de igual manera se producen las respuestas de don Quijote. Esto aumenta la comicidad de la situación.

A partir de este momento, se desarrollará una ficción dentro de otra, con el fin de intentar sacar a don Quijote de Sierra Morena.

Don Quijote pone tres condiciones para ayudar a la dama, siguiendo el código de los caballeros: Rey, patria y dama. 

“–Yo vos le otorgo y concedo –respondió don Quijote–, como no se haya de cumplir en daño o mengua de mi rey, de mi patria y de aquella que de mi corazón y libertad tiene la llave.”

El elemento religioso lo incluirá en oraciones posteriores.

“que con la ayuda de Dios y la de mi brazo, vos os veréis presto restituida en vuestro reino.”

“Vamos de aquí, en el nombre de Dios, a favorecer esta gran señora.”

En Este capítulo Sancho Panza será engañado. El engaño se produce con cierta facilidad ya que el cura y el barbero le habían tenido anteriormente al corriente de los planes de engaño para don Quijote y ahora se confía. Lo humorístico y poco verosímil es que Sancho crea verdadera una situación tan similar a la que habían preparado anteriormente para atraer a don Quijote fuera de la sierra.

“–Esta hermosa señora –respondió el cura–, Sancho hermano, es, como quien no dice nada, es la heredera por línea recta de varón del gran reino de Micomicón, la cual viene en busca de vuestro amo a pedirle un don, el cual, es que la deshaga un tuerto o agravio que un mal gigante le tiene fecho; y la fama que de buen caballero vuestro amo tiene por todo lo descubierto, de Guinea ha venido a buscarle la princesa.”

Asimismo, en este episodio podemos ver el interés que tenía Sancho por vivir una vida tranquila. Para esto, tenía que conseguir una buena situación económica. Aquí vemos la quijotización de Sancho que quiere creer en la historia de Micomicona. Se hace la ilusión de que va a poder traer esclavos negros a España para venderlos y de esta manera hacerse una buena posición económica.

“Con lo que quedó tan contento Sancho cuanto el cura admirado de su simplicidad, y de ver cuán encajados tenía en la fantasía los mesmos disparates que su amo, pues sin alguna duda se daba a entender que había de venir a ser emperador.”

“–¿Qué se me da a mí que mis vasallos sena negros? ¿Habrá más que cargar con ellos y traerlos a España, donde los podré vender, y adonde me los pagarán de contado, de cuyo dinero podré comprar algún título o algún oficio con que vivir descansado todos los días de mi vida?”

En la parte final del episodio, donde vemos la ¨caída de las barbas” del barbero, don Quijote finge creerse lo que le relatan pero se da perfecta cuenta del engaño. Nótese que en ningún momento habla de muelas sino de barbas. Al fingir don Quijote no enterarse de nada deja en evidencia la estupidez del cura, que resulta ser el engañador engañado.

Don Quijote dice:

“–¡Vive Dios, que es gran milagro éste! ¡Las barbas le ha derribado y arrancado del rostro, como si las quitaran a posta!

Al final del capítulo vuelve a aparecer la historia de los galeotes liberados por don Quijote y este empieza a darse cuenta de que aquella aventura le puede traer dificultades.

“Y es lo bueno que es pública fama por todos estos contornos que los que nos saltearon son de unos galeotes que dicen que liberó, casi en este memo sitio, un hombre tan valiente que  a pesar del comisario y de las guardas, los soltó a todos; y, sin duda alguna, él debía de estar fuera de juicio, o debe de ser tan grande bellaco como ellos, o algún hombre sin alma y sin conciencia, pues quiso soltar al lobo entre las ovejas...”

“Habíales contado Sancho al cura y al barbero la aventura de los galeotes, que acabó su amo con tanta gloria suya, y por esto cargaba la mano el cura refiriéndola, por ver lo que hacía o decía don Quijote, al cual se le mudaba la color a cada palabra, y no osaba decir que él había sido el libertador de aquella buena gente.”



Capítulo Trigésimo 

El capítulo comienza con la disparidad de criterios a cerca de la liberación de los galeotes.

En el capítulo anterior, este suceso se ha calificado de asalto al orden público. Pero, aquí, y desde el punto de vista del código caballeresco, don Quijote hizo lo que este código le pedía. 

“–Pues mía fe, señor licenciado, el que hizo esa fazaña fue mi amo, y no porque yo no le dije antes y le avisé que mirase lo que hacía, y que era pecado darles libertad, porque todos iban allí por grandísimos bellacos.

–Majadero –dijo a esta sazón don Quijote–, a los caballeros andantes no les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que encuentran por los caminos van de aquella manera, o están en aquella angustia, por sus culpas o por sus gracias; sólo le toca ayudarles como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas, y no en sus bellaquerías.”

Al principio, nos sorprende también su falta de tino al afirmar el valor de su espada cuando no la lleva. Él mismo, más adelante declarará que no puede usar la espada porque Ginés de Pasamonte se la quitó.

“y esto le haré conocer con mi espada, donde más largamente se contiene.”

Con un elemento lingüístico Cervantes enfatiza el juego de perspectivas que comienza con las distintas opiniones sobre la liberación de los galeotes. Este juego se ve reforzado con algunos elementos lingüísticos. Cuando habla del Yelmo de Mambrino que para don Quijote es Yelmo y para Sancho es bacía de barbero, cuando se sustituye por un pronombre Cervantes la sustituye por la y no por él.

“Y esto dijo afirmándose en los estribos y calándose el morrión, porque la bacía de barbero, que a su cuenta era el yelmo de Mambrino, llevaba colgado del arzón delantero, hasta adobarla del mal tratamiento que la hicieron los galeotes.”

Aparecen algunos errores geográficos por parte de Dorotea/Micomicona que habla de España como parte de La Mancha y otorga a Osuna un puerto de mar. Esto incrementa el sentido humorístico de la burlona escena.

“y yo he acertado en encomendarme al señor don Quijote, que él es por quien mi padre dijo, pues las señales del rostro vienen con las de la buena fama que este caballero tiene no sólo en España, pero en toda La Mancha, pues apenas me hube desembarcado en Osuna, cuando oí decir tantas hazañas suyas”

Asimismo, como en tantas otras ocasiones Sancho deforma el idioma llamando Pandahilado al gigante Pandafilando. La confusión puede venir de la evolución de la f arcaica a la h. Además, podría haber una relación entre “pando” , encorvado o lento, y “raspahilando”, corriendo, huyendo, en el habla rústica de la época. Además Pandafiando rima con Fernando y podría estar relacionado con “panda”, término emparentado con pandilla y “apandillar” que en germanía significaba hacer fullerías, torcerse o “apandar,” tomar algo para sí.

Debemos resaltar también, que al igual que en el episodio de los batanes, cuando don Quijote se enfada con Sancho le habla de vos y cuando se le pasa el enfado vuelve a hablarle de tú.

“–¿Pensáis –le dijo a cabo de rato–,  villano ruin, que ha de haber lugar siempre para ponerme la mano en la horcajadura y que todo ha de ser errar vos y perdonaros yo?”

“Y ¿no sabéis vos, gañán, faquín, belitre...”

Pero a continuación:

“–Ahora te disculpo –dijo don Quijote–, y perdóname el enojo que te he dado; que los primeros movimientos no son en manos de los hombres.”

Casi al final del capítulo don Quijote, una vez reconciliado con Sancho, le inunda con una batería de preguntas sobre Dulcinea. Tanto en ese momento, como cuando está enfadado porque ha sentido que Sancho ofenda a Dulcinea,  se pone de manifiesto el amor cortés. 

“que si no fuese por el valor que ella infunde en mi brazo 

Don Quijote también sufre una cierta sanchificación y en este caso es él el que recurre al uso del refrán. 

“–Con todo eso –dijo don quijote–, mira, Sancho, lo que hablas, porque tantas veces va el cantarillo a la fuente..., y no digo más.”

Encontramos intercalado en el texto del capítulo la narración de la recuperación del Rucio escrito en cursiva. Este texto no aparece en la primera edición, pero sí en la segunda que también fue publicada en 1605.



Capítulo trigésimo primero

Aquí, toma relevancia la figura de Dulcinea del Toboso. Aumentando en este tema la ficción sobre la realidad. Dulcinea, realmente, no aparece, pero está presente en la mente de don Quijote y en la del lector, aunque este sabe, en todo momento, que lo que se cuenta de Dulcinea está en la mente de don Quijote pero no en la realidad.

Don Quijote pide a Sancho que le cuente como ha visto a Dulcinea y como ha reaccionado esta. Aunque es imposible que le haya dado tiempo a ir y volver, por eso le pregunta si ha ido y vuelto en volandas. A don Quijote no parece importarle que Sancho le mienta siempre que pueda amoldar las mentiras de Sancho a su ficción.

“¿Sabes de qué estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y veniste por los aires, pues poco más de tres días has tardado en ir y venir desde aquí al Toboso, habiendo de aquí allá más de treinta leguas. Por lo cual me doy a entender que aquel sabio nigromante que tiene cuenta con mis cosas y es mi amigo, porque por fuerza le hay, y le ha de haber, so pena que yo no sería buen caballero andante, digo que este tal te debió de ayudar a caminar, sin que tú lo sintieses; que hay sabio déstos que coge a un caballero andante durmiendo en su cama, y sin saber cómo o en qué manera, amanece otro día más de mil leguas de donde anocheció.”

Don Quijote en cada pregunta incluye una respuesta que Sancho va desmontando transformando la imagen idealizada que imagina don Quijote en otra mucho más rústica. 

“¿Y qué hacía aquella reina de la hermosura? A buen seguro que la hallaste ensartando perlas, o bordando alguna empresa con oro de cañutillo para este su cautivo caballero.

–No la hallé –respondió Sancho– sino ahechando dos hanegas de trigo en un corral de su casa.

–Pues haz cuenta  –dijo don Quijote– que los granos de aquel trigo eran granos de perlas, tocados de sus manos ...”

Realmente, Sancho intenta rebajar la imagen de Dulcinea porque intenta que su amo acepte el matrimonio con Micomicona, ya que piensa que eso le traerá beneficios económicos. Aunque se tranquiliza cuando don Quijote le asegura que no tendrá que casarse con ella para conseguir dichos beneficios.

Sancho se inventa una historia para justificar ante don Quijote que realmente ha ido al Toboso y le ha dado la carta a Dulcinea. La historia que cuenta Sancho sobre esta, aunque realmente no la ha visto nunca, es la que parece real.

Don Quijote no quiere sacar a la luz la mentira de Sancho porque si esto se descubre se desmonta su ficción.

Cuando Sancho le dice que Dulcinea le pide que vaya a verla, él intenta cargarse de razones que justifiquen su falta de intención de ir a verla.

“Pero, dejando esto aparte, ¿qué te parece a ti que debo yo de hacer ahora cerca de lo que mi señora me manda que la vaya a ver? Que, aunque yo veo que estoy obligado a cumplir su mandamiento, véome también imposibilitado del don que he prometido a la princesa que con nosotros viene, y fuérzame la ley de caballería a cumplir mi palabra antes que mi gusto.”

Don Quijote practica el amor cortés. Este le explica a Sancho que en el amor cortés el amante es un vasallo de la dama y su obligación es servirla siempre y guardar silencio y secreto sobre los deseos de la amada.

“–Dígote, Sancho –dijo don Quijote, que estás en lo cierto, y que habré de tomar tu consejo en cuanto el ir antes con la princesa que a ver a Dulcinea. Y avísote que no digas nada a nadie, ni a los que con nosotros vienen, de lo que aquí hemos departido y tratado; que pues Dulcinea es tan recatada que no quiere que se sepan sus pensamientos, no será bien que yo, no otro por mí, los descubra.”

Sancho no entiende esta situación

“–Pues si eso es así –dijo Sancho–, ¿cómo hace vuestra merced que todos los que vence  por su brazo se vayan a presentar ante mi señora Dulcinea, siendo esto firma de su nombre que la quiere bien y que es su enamorado?”

En este capítulo encontramos una contradicción: en el capítulo veinticinco Sancho dijo que conocía a Aldonza Lorenzo, dando algunos detalles de la dama y aquí se contradice dando a entender que jamás la había visto.

“Detúvose don Quijote, con no poco gusto de Sancho, que ya estaba cansado de mentir tanto y temía no le cogiese su amo a palabras; porque, puesto que él sabía que Dulcinea era una labradora del Toboso, no la había visto en su vida”

Cervantes es el primer autor que utiliza la reaparición de personajes, aunque fue Balzac el que se atribuyó la invención de este recurso. 

Es el caso de Andrés, el joven que don Quijote creyó que había liberado de los azotes de su amo y también que este había saldado su deuda económica con el joven y esto, realmente, no había sido así. 

Al enterarse don Quijote de que el joven no había cobrado su dinero y que su amo a palos lo había mandado la hospital se siente responsable y quiere ir en busca de este. Sancho le recuerda que tienen otras obligaciones que cumplir primero.

El capítulo está lleno de humor e ironía. Don Quijote cuenta ante los demás como había ayudado al joven hasta que se entera de cual había sido la realidad.  Don Quijote siente aquí vergüenza lo mismo que le había sucedido en el capítulo de los batanes. Se siente ofendido por la ingratitud de Andrés.

“–Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me encontrare, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia, que no será tanta, que no sea mayor la que me vendrá de su ayuda de vuestra merced, a quién Dios maldiga, y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo. 

íbase a levantar don Quijote para castigalle, mas él se puso a correr de modo que ninguno se atrevió a seguille. Quedó corridísimo don Quijote del cuento de Andrés, y fue menester que los demás tuviesen mucha cuenta con no reírse, por no acaballe de correr del todo.



Capítulo trigésimo segundo

El capítulo comienza cuando todo el grupo, don Quijote y todos los que le acompañaban llegan de nuevo a la venta. Aquí comienza la segunda estancia de don Quijote y Sancho en la venta de Juan Palomeque.

Al principio del capítulo la ventera le exige al barbero la restitución de la cola de buey donde colgaba su marido el peine. Por la forma en que está expresado se producen unos equívocos picantes.

“–Para mi santiguada, que no se ha aún de aprovechar más de mi rabo para su barba, y que me ha de volver mi cola; que anda lo de mi marido por esos suelos, que es vergüenza ; digo, el peine, que solía yo colgar de mi buena cola.”

Al poco de llegar se suscita la discusión sobre las distintas actitudes y opiniones de varios de los personajes ante las novelas de caballerías. 

El cura se muestra conforme hacia los posibles efectos negativos de la lectura de estas novelas de caballerías que cuentan muchas falacias contraponiéndolas a la veracidad de las biografías autenticas. Esto puede llevar al lector a grandes confusiones, como es el caso de don Quijote.

La novedad de esta discusión en la venta es que no sólo van a opinar personajes cultos sino también gente del pueblo como el ventero, su mujer, etc.

“–No sé yo cómo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo, no hay mejor letrado en le mundo, y que tengo ahí dos o tres dellos, con otros papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros muchos. Porque cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí, las fiestas, muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno destos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas; a lo menos, de mí sé decir que cuanto oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan que me toma ganan de hacer otro tanto, y que querría estar oyéndolos noches y días.”

El ventero disfruta de las novelas de caballerías identificándose, en cierto modo, con el caballero. A la ventera le sirven de distracción y a la hija le gustan las historias sentimentales que se narran en ellas.

El cura y el barbero hacen alusión a el escrutinio de libros efectuado en el capítulo seis. El ventero habla de quemar más libros, esto podría ser un descuido, ya que el debería desconocer este hecho y tal vez pueda ser una errata de “mis libros” en vez de “más libros”. También cabe la posibilidad de que imaginemos que el cura al explicar al ventero, en el capítulo veintisiete, el problema de la locura de don Quijote le contara lo que había pasado con los libros de este.

Cervantes plantea un tema importante. ¿Es bueno que la gente de toda condición lea aunque no sean lecturas cultas? 

También llega a otra conclusión: según las opiniones vertidas por los distintos personajes en este capítulo, el gusto por las distintas facetas que ofrecen las novelas de caballerías no depende de la cultura del lector sino más bien de su sexo o edad.

Lo que también vemos es que esto personajes tienen muy claro lo que es realidad y lo que es ficción y disfrutan de la lectura de las novelas, como puro entretenimiento, sin que les produzca ningún trastorno. 


Al final del capítulo los personajes quedan a la espera de escuchar la novela que algún huésped ha dejado olvidada en la venta: El curioso impertinente.

capítulos del veinticuatro al veintisiete

Capítulo vigésimo cuarto

 La historia de Cardenio que aparece inacabada en este capítulo es el segundo de los relatos intercalados de la obra. 

El relato de esta historia queda interrumpido porque Cardenio habla de la reina Madásima, personaje de Amadís de Gaula y don Quijote no puede evitar salir en su defensa. Este defiende con el mismo ardor a los personajes de los libros de caballerías que a las personas reales. 

En cuanto el Quijote oyó mencionar los libros de caballerías no pudo callar:

“–Con que me dijera vuestra merced, al principio de su historia, que su merced de la señora Luscinda era aficionada a libros de caballerías, no fuera menester otra exageración para darme a entender la alteza de su entendimiento; porque no le tuviera tan bueno como vos señor le habéis pintado, si careciera del gusto de tan sabrosa leyenda: Así que para conmigo, no es menester gastar más palabras en declararme su hermosura, valor y entendimiento; que, con sólo haber entendido su afición la confirmo por la más hermosa y más discreta mujer del mundo.”

Cardenio había advertido que si alguien interrumpía su relato el dejaría la historia en el lugar de dicha interrupción, como así será.

Además, Cardenio interviene de nuevo y dice: 

“ –No se me puede quitar del pensamiento ni habrá quien me lo quite en el mundo, ni quien me dé a entender otra cosa, y sería un majadero el que lo contrario entendiese o creyese sino que aquel ballaconazo del maestro Elisabat estaba amancebado con la reina Madásima.”

A esto don Quijote responde con cólera:

 “–Eso no, ¡voto tal! –respondió con mucha cólera don Quijote, y arrojóle, como tenía de costumbre–; y ésa es una muy gran malicia, o bellaquería, por mejor decir: La reina Madásima fue muy principal señora...”.

En este capítulo Cervantes hace una distinción entre el amor carnal o apetito erótico y el amor verdadero. El primero está encarnado por don Fernando, amigo de Cardenio y segundo hijo de un poderoso conde. Fernando es un hombre frívolo y mujeriego. Este seduce a una bella labradora prometiéndole casarse con ella y después de conseguirla huirá a casa de Cardenio para olvidar aquel capricho y poner tierra de por medio. 

Asimismo, Fernando le pide a Cardenio que le hable de Luscinda. Cardenio le cuenta sobre las cualidades de esta y sobre su hermosura, incluso le dejará verla. 

Cuando Fernando ve a aquella hermosa dama se encenderá su apetito carnal de nuevo. 

Cardenio notando este apetito en Fernando empezará a sentir celos de este.

Cardenio encarna el amor puro y sincero, que defiende por encima de todo a su dama y la respeta.

El relato quedará aquí interrumpido y no sólo interrumpido, sino que se monta una terrible trifulca en la que don Quijote, Sancho y el cabrero saldrán los tres malparados, al encenderse la locura de Cardenio.

Don Quijote comprende que esto ha sido un arrebato de locura y querrá encontrar a Cardenio para que le cuente el final de la historia.

La obra de don Quijote es una obra dinámica y fluida. A esto contribuyen los diálogos para esto Cervantes utiliza constantes encadenamientos entre pregunta y respuesta. La respuesta de don Quijote utiliza en sus primeras palabras los mismos términos que su interlocutor utiliza en su intervención anterior. Esto produce una sensación de fluidez. 

Además, al dinamismo de la obra contribuyen la acumulación de verbos. Vemos, también, que Cervantes utiliza un mismo verbo en distintos tiempos para enfatizar lo que se quiere decir:

“El Caballero del Bosque, que de tal manera oyó hablar al de la Triste Figura, no hacía sino mirarle, u remirarle, y tornarle a mirar de arriba abajo; y después que lo hubo bien mirado, le dijo...”

En este episodio vemos también que Cardenio utiliza la  misma razón que Sancho había utilizado anteriormente para interrumpir una narración. Este recurso le da a la obra una sensación de continuidad estructural.



Capítulo vigésimo quinto

En el título de este capítulo se hace mención a Beltenebros que es el nombre que adopta Amadís de Gaula durante su penitencia en la Peña del Pobre y que se lo puso aconsejado por el ermitaño que vivía allí. El significado de esta palabra es Bel Ténébreux que deriva del francés.

Este capítulo es un receso en la sucesión de aventuras de la obra y podríamos decir que casi hace una función de distribuidor de las mismas. En el aparecen alusiones a episodios pasados y anticipos a episodios futuros, aunque realmente el capítulo está centrado en la penitencia del caballero.

Don Quijote se dispone a hacer penitencia una costumbre muy frecuente entre los caballeros y que él tantas veces había leído en los libros de caballerías.

Asimismo, Sancho ruega a don Quijote que le levante el castigo de silencio que le había impuesto desde la aventura de los batanes. 

Aquí también comenzará el uso constante de refranes por parte de Sancho:

“Muchos piensan que hay tocinos y no hay siquiera las estacas de donde estos cuelgan.”

“Poner puertas al campo.”

“Digan, que de Dios dijeron.”

Don Quijote decide hacer penitencia en la Sierra impulsado por la actitud de Cardenio. En un principio duda si tomar la actitud de Roldán o de Amadís, decantándose finalmente por la de este último, con lo que queda mucho más definida la personalidad que él quiere adquirir.

Como nos dice Riquer, la penitencia en los caballeros era algo frecuente desde Li chevaliers au lion de Chrétien de Troyes de finales del siglo XII y Tristán de Leonís, Lisuarte de Grecia, el caballero del Febo y Rosicler entre otros.

Es verdad, que la inspiración más próxima es Cardenio con su penitencia pero no es menos cierto que toma como modelo a otros caballeros de la literatura que tomaron la misma actitud.

En una Lúcida conversación con Sancho, este se asombra de conocer la auténtica identidad de Dulcinea, Aldonza Lorenzo. Al revelar el nombre de su amada don Quijote la hace vulnerable y Sancho queda sorprendido de que esa dama fuera digna de la admiración y amor de don Quijote, pero este de una forma bastante cuerda reconoce que no le importa como es Dulcinea en realidad porque él en su imaginación la tiene guardada como la desea y para él en su imaginación vale tanto como cualquier dama noble.

Aquí Sancho muestra también su escepticismo a aceptar la bacía de barbero como el yelmo de Mambrino y don Quijote mostrará su idea del perspectivismo, diciendo que lo que a unos les parece una cosa a otros les parecerá otra.

En este episodio, Sancho adapta también algunos nombres a su lenguaje vulgar convirtiendo a Madásima en Magimasa y Elisabat en aquel abad de la misma manera que anteriormente había convertido a Esopo en Guisopete. Esto muestra el contraste lingüístico que existe entre el habla de Sancho que además estará, como ya hemos mencionado anteriormente, llena de refranes y expresiones vulgares con el de don Quijote y su utilización de palabras caballerescas que en muchas ocasiones son arcaicas.

Además, don Quijote revela su intención de convertir su vida en arte. Quiere imitar a Amadís que es un producto de lo artístico. Don Quijote quiere convertir su conducta en la imitación de una obra de arte y diserta sobre esto delante del pobre Sancho que está muerto de hambre, cansancio y miedo y con ganas de volver a su casa. La escena resulta cómica por el contraste que se produce entre los dos personajes.

Don Quijote va a realizar esta penitencia por voluntad propia y por coherencia con la vida que ha decidido seguir pero sin ninguna coherencia con el hilo argumental de la historia. No hay en este caso una relación de causa y efecto. Realmente no llegamos a saber el motivo por el que don Quijote decide hacer la penitencia, más allá de la voluntad del personaje y enmarcada en un contexto que en muchas ocasiones resulta un sin sentido para Sancho y una coherencia con su vida de caballero para don Quijote.

En el capítulo encontramos también una parte del texto escrita entre corchetes y en letra cursiva. Es la narración del robo del rucio de Sancho. El texto está también escrito por Cervantes pero se sabe que lo intercaló el impresor en la segunda edición de 1605 en el capítulo XXIII. En la edición de Hartzenbusch del XIX intercaló el texto en el capítulo XXV, corrigiendo así algunas incoherencias temporales. 

De lo que no se tiene constancia es de si Cervantes contemplaba la posibilidad de incluir este texto en la obra o no. Cervantes realizó múltiples cambios en la obra, cambiando algunos episodios de sitio, lo que podía producir alguna incoherencia. Por lo tanto, el mencionado texto se incluyo en este capítulo, simplemente por no crear problemas en la coherencia textual.



Capítulo vigésimo sexto

El capítulo comienza con don Quijote reflexionando sobre el caballero al que le gustaría emular. Roldán o Amadís. El caballero parece tenderse hacia Amadís.

“...y allí torno a pensar lo que otras muchas veces había pensado, sin haberse jamás resuelto en ello y era que cuál sería mejor y le estaría más a cuento: imitar a Roldán en las locuras desaforadas que hizo, o Amadís en las malencónicas...”

Después de esto se dispone a rezar pero no tenía rosario. Aquí se produce una hipérbole y una ironía sarcástica de las que esta llena la obra. El caballero se dispone a rezar y debe rezar un millón de avemarías y en esta ocasión lo hace tomando una tira de las faldas de la camisa, que no sabemos en que estado estaría y haciendo 12 nudos para componer un rosario improvisado. 

“Mas ya sé que lo más que él hizo fue rezar y encomendarse a Dios; pero, ¿qué haré de rosario, que no le tengo? En esto le vino al pensamiento cómo le haría, y fue que rasgó una gran tira de las faldas de la camisa, que andaban colgando, y diole once ñudos , el uno más gordo que los demás , y esto le sirvió de rosario el tiempo que allí estuvo, donde rezó un millón de avemarías.”

En el capítulo se intercalan tres pares de quintillas. La primera parece tener cierta seriedad pero en la segunda va tomando un tono cómico.

Aquí se producen dos historias que Cervantes nos las quiere presentar en un tiempo simultáneo. Don Quijote se queda en Sierra Morena haciendo su penitencia mientras Sancho emprende su viaje.

“ y será bien dejalle envuelto entre sus suspiros y versos por contar lo que le avino a Sancho panza en su mandadería.”

En el viaje de Sancho continúan las hipérboles humorísticas cuando Sancho se arranca las barbas y cuando compara a los pollinos con castillos.

“Cuando Sancho vio que no hallaba el libro, fuésele parando mortal el rostro; y tornándose a tentar todo el cuerpo muy apriesa, tornó a echar de ver que no le hallaba, y, sin más ni más, se echó entrambos puños a las barbas, y se arrancó la mitad dellas, y luego, apriesa y sin cesar, se dio media docena de puñadas en el rostro y en las narices, que se las bañó todas en sangre. Visto lo cual por el cura y el barbero, le dijeron que qué le había sucedido, que tan mal se paraba.”

En este capítulo se produce el encuentro de Sancho con el barbero y el cura que habían conocido en la venta en la que Sancho había sido manteado.

La comicidad continúa cuando Sancho comienza a recordar la carta de don Quijote a Dulcinea. Lo que recuerda Sancho, no la carta de don Quijote, está lleno de distorsiones idiomáticas y expresiones rústicas. Creando un episodio de gran comicidad.

“Alta y sobajada (sobada, manoseada) señora.
–No diría –dijo el barbero– sobajada, sino sobrehumana o soberana señora”

“Luego, si mal no me acuerdo, proseguía..., si mal no me acuerdo: “El llego y falto de sueó, y el ferido besa a vuestr merced las anos, ingrata y muy desconocida hermosa”, y no sé qué decía de salud y de enfermedad que le enviaba, y por aquí iba escurriendo, hasta que acababa en “Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura”.”

Según dice Salinas, Sancho es un mensajero absurdo, un mensajero que no lleva nada , un sin mensaje. Y en el torpe recuerdo de Sancho, la carta es el esperpento de la de don Quijote.

En este episodio, Sancho sufre en importante proceso de quijotización que se utiliza como recurso de comicidad así como expresiones como arzobispo andante o sin ínsulos ni ínsulas. 

“Dijo también cómo su señor, en trayendo que le trujese buen despacho de la señora Dulcinea del Toboso, se había se poner en camino a procurar cómo ser emperador, o, por lo menos, monarca, que así lo tenían concertado entre los dos; y era cosa muy fácil venir a serlo, según era el valor de su persona y la fuerza de su brazo; y que en siéndolo, le había de casar a él, porque ya sería viudo, que no podía ser menos, y le había de dar por mujer a una doncella de la emperatriz, heredera de un rico y grande estado de tierra firme, sin ínsulos ni ínsulas, que ya no las quería.” 

“Decía esto Sancho con tanto reposo, limpiándose de cuando en cuando las narices, y con tan poco juicio, que los dos se admiraron de nuevo, considerando cuán vehemente había sido la locura de don Quijote, pues había llevado tras sí el juicio de aquel pobre hombre”

El plan del cura y el barbero para sacar a don Quijote de Sierra Morena está lleno de arcaísmos lo que significa que la historia se encuadra en la misma que la de don Quijote, es su mundo y es el mundo en el que se meten los que quieren sacarle de su lugar de penitencia.

“...y que así irían adonde don Quijote estaba, fingiendo ser ella una doncella afligida y menesterosa, y le pediría un don, el cual él no podría dejársele otorgar, como valeroso caballero andante, Y que el don que le pensaba pedir era que se viniese con ella donde ella le llevase, a desfacelle un agravio que un mal caballero le tenía fecho...”



Capítulo vigésimo séptimo


En este capítulo Sancho encuentra al cura y al barbero en las inmediaciones de la venta de Juan Palomeque, donde él había sido manteado. Esta venta será un espacio fundamental en la narración.  En ella estuvieron don Quijote y Sancho, al lado de la misma pasará Sancho de camino al Toboso donde se encontrará con el cura y el barbero y más adelante veremos como vuelven a pasar con don Quijote en su regreso y más adelante pasarán de nuevo.

La venta tiene en la primera parte del Quijote la misma función que realizará el castillo de los duques en la segunda parte.

 El cura y el barbero acompañarán a Sancho y entrarán en Sierra Morena en la zona indicada por este, con el fin de encontrar a don Quijote y poner en marcha la simulación que habían preparado para sacarle de aquella situación. Esta simulación preparada por el cura y el barbero irá cambiando sobre la marcha. El primer cambio será el de los papeles a seguir, haciendo referencia el cura, de forma irónica,  a la dignidad de su cargo eclesiástico.

De la misma forma que en la aventura de los batanes se le daba a la historia un halo de misterio, aquí sucede lo mismo cuando comienza a oírse la voz cantando de Cardenio, que en un principio no se sabe de quien es. 

Pero cuando acceden a la zona de Sierra Morena indicada por Sancho, lo primero que encuentran es a Cardenio que termina de contar su historia de la que Sancho ya les había hablado. 

Cardenio narra como a consecuencia de la indecisión de los dos enamorados la historia termina en desgracia, ya que su enamorada termina casándose con don Fernando, amigo de Cardenio que con la excusa de ayudarle le había traicionado. 

Aquí Cervantes critica a las personas indecisas. Alude en este momento a la base de toda la historia. Don Quijote fue decidido y cambio una vida que no le gustaba por otra que le apasionaba. Cardenio, sin embargo, no consiguió casarse con su enamorada a causa de su indecisión.

Cuando Cardenio habla de la traición que sufre por parte de su amigo don Fernando nombra una lista de traidores de la historia.

habla de Mario que fue un cónsul romano; Catilina, fue un conocido conspirador político en Roma, contra el que Cicerón dirigió sus Catilinarias; Sila, cónsul romano que se vengó cuando Mario asesinó a sus amigos; Galalón, uno de los doce Pares de Francia y legendario traidor en Ronces Valles; Vellido Dolfos, caballero de Zamora que mató a traición al rey Sancho III de Castilla; el conde don Julián, gobernador de Ceuta, que según la leyenda, ayudó a los moros a entrar en la Península Ibérica y Judas Iscariote, que traicionó a Cristo. 
En este capítulo se habla también del matrimonio disoluble ya que Luscinda se había casado con don Fernando contra su voluntad y esto lo afirma el papel que ella había escrito y donde declaraba haber elegido como esposo a Cardenio. El contenido de este papel se conocerá en el capítulo siguiente. 

Al final de este capítulo, concluye la narración de Cardenio, que había quedado interrumpida en al capítulo veinticuatro. Aunque esta se irá complementando en capítulos posteriores.

Cuando concluye el capítulo se utiliza el mismo recurso de la voz que cuando el cura y el barbero encuentran a Cardenio. Se escuchan unos lamentos que dejan la historia en suspenso y le vuelven a dar un halo misterioso que en el siguiente capítulo quedará resuelto.

Asimismo, se volverá a citar al historiador Cide Hamete Benengeli.

“Aquí dio fin Cardenio a su larga plática y tan desdichada como amorosa historia; y al tiempo que el cura se precenía para decirle algunas razones de consuelo le suspendió una voz que llegó a sus oídos, que en lastimados acentos oyeron que decía lo que se dirá en la cuarta parte desta narración, que en este punto dio fin a la tercera el sabio y atentado (prudente) historiador Cide Hamete Benengeli.”